Muchas veces, la cultura suele presentarse como un límite. Creemos que, en realidad, es un umbral. No flanquea la vida: la sostiene. Aparece como ese espacio donde las personas se reconocen a sí mismas y a las otras, aun cuando no compartan lengua, origen o tierra.
Allí donde parece haber distancia, la cultura intenta -a veces con torpeza, a veces con belleza- establecer una concordancia mínima: la de saberse humanos en plural. Sin embargo, pareciera que existe una tensión entre cultura como identidad y cultura como frontera. Una antípoda que se han inventado para excluir.
Persisten tensiones en torno a la cultura: su uso como marca identitaria, su instrumentalización como frontera, su administración desigual. Cuando se la reconoce como derecho, esas tensiones se reconfiguran. La cultura deja de operar como criterio de acceso restringido y se abre como ámbito de participación y de diálogo. No impone pertenencias, propone concordar, encontrar puntos de contacto donde antes no los había.
Magazine made for you.
Featured:
No posts were found for provided query parameters.