El idioma es más que un conjunto de signos: es un territorio afectivo donde habitamos y desde el cual miramos el mundo. En sus sonidos y silencios se condensan historias, memorias y formas de sentir que nos anteceden. Cada palabra es un refugio que nos sostiene y, al mismo tiempo, una puerta abierta hacia los otros. Nombrar es un acto de pertenencia: al decir, nos reconocemos parte de una comunidad, de una trama que nos trasciende.
Sin embargo, el idioma no es solo herencia; es también invención constante. Las palabras nos permiten construir identidad, desafiar límites y elaborar aquello que todavía no sabemos decir. En ellas se juegan nuestras luchas, nuestras pérdidas y nuestros deseos. Así, el lenguaje no solo nos describe: nos constituye. Somos en la medida en que podemos nombrarnos y ser nombrados, expandiendo cada día el territorio íntimo y colectivo que habitamos a través de la lengua.
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